Una política económica soviética agrava la crisis- Por Aleg Pershanka (Minsk)

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Como las críticas en un régimen autoritario son mucho menores que en las democracias, la posibilidad de acertar en las decisiones del Gobierno es menor, y la posibilidad de poner en marcha una política fatal mucho mayor. Especialmente si los funcionarios, sobre todo el principal (el Presidente), se empeñan en seguir conceptos de gestión de la época pasada, por ejemplo, del sistema soviético.

Uno de los eslóganes más importantes de la propaganda del régimen, si no el que más, es que Bielorrusia representa una isla de estabilidad, mientras que los conflictos sociales, económicos, políticos y militares ocurren, sobre todo, en los países vecinos y, por lo general, en el resto del mundo. 

A diferencia de en otros países postsoviéticos, ni la terapia de choque ni las mínimas reformas económicas fueron llevadas a cabo en el país. Por un lado, esto evitó un período de escasez y alto desempleo, como sucedió en los países bálticos. El paro en Bielorrusia no solía ser tan alto como en los países vecinos y la gente trabajaba por, al menos, el salario mínimo. Desde que Lukashenko comenzó a desarrollar una política prorrusa, el régimen ruso pagó su lealtad política con ciertas regalías económicas. Bielorrusia podía comprar gas ruso al precio del mercado interior y revender petróleo ruso refinado a Occidente. El negocio con la energía rusa barata apoyó la economía del país hasta constituir un 10% de su PIB anual. Además, los bienes bielorrusos no se veían sujetos a ninguna restricción en el vasto mercado ruso.

Estos dos privilegios jugaron una mala pasada a la economía del país. Al obtener beneficios de la nada, Lukashenko y sus gestores no reformaron la economía, sino que levantaron un sistema centralizado de tipo soviético que, consistentemente, oprimía la iniciativa privada y el desarrollo de la pequeña y mediana empresa. Como resultado, la tasa de paro actual en Bielorrusia supera a la de cualquier país vecino, mientras que más de un millón de ciudadanos trabaja estacionalmente fuera, la mayoría en Rusia. Por descontado que el paro en Bielorrusia es, oficialmente, del 1%, ya que los estadísticos emplean los trucos más retorcidos posibles.

Hace como un mes, Lukashenko, negándose a admitir las consecuencias de la crisis económica y a renunciar al concepto de estabilidad, anunció que la crisis no llegaría a Bielorrusia. Sin embargo, las declaraciones optimistas del Gobierno se terminaron a las dos semanas, cuando se hizo evidente la velocidad a que caían las reservas de oro y la cotización del rublo bielorruso. Como muchas empresas ya no podían vender su producción en el extranjero, comenzaron los despidos en masa y la caída de los salarios.

Las autoridades respondieron a la manera soviética. En lugar de otorgar más libertad a la iniciativa privada, decretaron la prohibición de importar una gran cantidad manufacturas y productos de alimentación. Desde luego, la medida haría subir los precios para los consumidores, pero difícilmente estimularía la compra de la producción bielorrusa. Sin embargo, esto resulta incomprensible para los gerentes de tipo soviético.

Marcha de protesta

Las pequeñas y medianas empresas, la base de las economías de los países más desarrollados, son constantemente oprimidas en Bielorrusia. El último informe del Banco Mundial y del proyecto Doing Business sitúa a Bielorrusia en el último lugar del mundo, el 178, en materia de impuestos y obligaciones (hasta 124). El 1 de enero de 2009, el punto 3 del decreto presidencial “Acerca de algunas medidas para regular las actividades emprendedoras” espira. Esto significa que los empresarios tendrán que pagar los aranceles por los bienes que importen de Rusia, lo que terminará con los negocios de muchas pequeñas empresas.

Ayer, los empresarios organizaron una marcha de protesta en Minsk por esta razón. El invierno pasado ya organizaron otros tres eventos similares, pero no resultaron muy numerosos. Es de señalar lo activos que en ellos se mostraron los jóvenes. Como resultado, las autoridades abrieron procesos políticos contra 14 activistas juveniles. El último de ellos, Aliaksandar Barazenka, de 20 años, fue sentenciado a un años de libertad vigilada, sin necesidad de ingresar en ninguna institución especial, hace tan sólo unos días. Aunque los testigos no le incriminaron y las grabaciones presentadas no le mostraban cometiendo ninguna ilegalidad, el juez lo halló culpable de infringir el artículo 341-1 del Código Criminal (organización y preparación de acciones que violan flagrantemente el orden o tomar parte activa en ellas).

Aunque las actuales autoridades busquen eliminar del todo los pequeños negocios privados, y el propio Lukashenko prometiera hace algunos años estrecharle la mano al último emprendedor, parece que la crisis mundial y el hundimiento de la economía les hará corregir los planes. Sería estúpido por parte del Gobierno eliminar miles de pequeños negocios y convertir en parados a miles de personas. Sin embargo, los economistas de tipo soviético pueden pensar de otra forma, de modo que otra equivocación económica fatal es bastante probable.

Imagen: Vista de la manifestación de pequeños empresarios celebrada ayer por la tarde en Minsk que reunió a unas 3.000 personas (Yulya Darashkevich / Nasha Niva)

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Una respuesta

  1. […] a año y medio de libertad restringida sin ser enviados a centros penitenciarios por participar en protestas pacíficas de empresarios. Los condenados a esta pena no pueden salir del país o ser candidatos en elecciones. Tampoco […]

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