En el segundo aniversario del asesinato de Anna Politkovskaya- Por Pablo Veyrat

 

“(…) No soy analista política. Soy sólo un ser humano entre muchos, un ser humano entre las multitudes de Moscú, de Chechenia, de San Petersburgo o de cualquier otro lugar. [Este libro] Son mis reacciones emocionales garabateadas en los márgenes de la vida tal y como se vive hoy en día en Rusia. Es demasiado pronto para distanciarse, que es lo que hay que hacer si se quiere analizar algo desapasionadamente. Yo vivo el presente y tomo nota de lo que veo”.

ANNA POLITKOVSKAYA, La Rusia de Putin

 

Los escritos de Anna Politkovskaya te atrapan y obligan a mirar a la cara la vida en la Rusia de los primeros años del milenio. Hay algo muy fuerte en su escritura y a la vez muy sencillo: siempre escribió sobre la gente corriente y para la gente corriente para denunciar los abusos a que ésta es sometida. Ese es el único secreto de su legado, a dos años de su cobarde asesinato por encargo la víspera del cumpleaños del entonces presidente, Vladimir Putin.

¿Qué hacer cuando el horror se materializa en tu propio país? Cuando el estado deja de estar para ayudarte y la policía y el ejército se convierten en instrumentos de represión de cualquier voz disidente o de quien la autoridad diga; cuando los medios de comunicación pasan a estar monopolizados por el Estado y los medios independientes cerrados con cualquier tipo de artimaña legal; cuando una región entera de tu país, Chechenia, pasa a ser ocupada por decenas de miles de soldados de tu ejército, su capital arrasada a cañonazos y su población diezmada a diario de forma ora medieval, ora nazi; cuando esos mismos soldados, reclutas adolescentes en su mayoría, son maltratados hasta la muerte por sus propios oficiales como carne de cañón… y un largo y desolador etcétera.

Anna Politkovskaya, aterrada de miedo por las amenazas que recibía de grupos de ultraderecha o de los propios servicios de seguridad, por el simulacro de fusilamiento a que fue sometida por su propio ejército cuando informó desde el frente en Chechenia, por el intento de envenenamiento que sufrió yendo de camino a Beslán para mediar con los secuestradores de la Escuela Nº 1, por el horror que presenció cuando los propios terroristas del teatro Dubrovka de Moscú pidieron su presencia para negociar, sólo optó por ser periodista de la única  forma posible. Optó por la honestidad y contar la verdad sin ambages y con ira acerca de un estado en que la justicia está en venta y en el que las peores prácticas de la psiquiatría soviética vuelven a entrar en acción.

El eje principal del trabajo que le granjeó la enemistad del Gobierno ruso fue Chechenia. Allí documentó los asesinatos, ejecuciones sumarias y violaciones que tanto el ejército ruso como sus aliados chechenos cometieron y cometen contra su propia población civil. Ciudadanos de la Federación Rusa, con pasaporte ruso. Pero también denunció la corrupción de las autoridades rusas en cualquier estamento, la crueldad e indiferencia hacia el dolor de los ciudadanos, incluidas las madres de los soldados muertos en la guerra del Cáucaso, o el creciente acoso racial hacia los propios chechenos, extendido a cualquier “negro” del Cáucaso, en el interior de Rusia. En uno de sus trabajos más conmovedores, Una historia de amor y fascismo, denunció el abuso de la policía, encargada de detener su cuota diaria de chechenos, ya en 1999, de cualquier manera. Decía entonces:

“La teoría de la nación criminal era elegante en la Alemania nazi. Entonces se centraron en judíos y gitanos. Los campos de filtración y concentración para ellos fueron abiertos por doquier. También fueron confinados en ghettos. No parece haber mucha diferencia entre aquello y lo que ocurre hoy en Moscú con nuestra silenciosa (y a veces clamorosa) colaboración ¿Nos veremos obligados a admitir ante nuestro nietos que contribuimos a este fascismo y que no hicimos nada para prevenir su ocurrencia?”

El estilo de Politkovskaya puede parecer exagerado, hiperbólico, poco riguroso y, para algunos, histérico. Pero leer sus libros, los de otros autores que escriben sobre Rusia y contrastarlos con las noticias que publica la prensa mundial no deja lugar a dudas: el gigante que pretende erigirse en potencia mundial alberga un horror totalitario más o menos suavizado con una fachada democrática, una relativa prosperidad material y el control de los medios de comunicación por parte del Estado. Con una elite al mando integrada por los servicios de seguridad descendientes directos, y sin transición alguna, del aparato represor de uno de los regímenes más despiadados con los Derechos Humanos que vio el siglo XX. 

Pasarán los aniversarios de su muerte, el Gobierno ruso podrá hacerse más honorable o sus ofertas energéticas más atractivas. Pero Politkovskaya ya nos advirtió de cuanto no quisimos ver durante su vida.

“(…) A Occidente le complacen muchas cosas de Rusia: el vodka, el caviar, el gas, el petróleo, los osos, los propios rusos, tan especiales… El exotismo ruso tiene muy buen mercado. Ni a Europa ni al mundo le interesa, pues, lo que suceda en la séptima parte del planeta que ocupa nuestro país.

Y, entretanto, vosotros seguís con lo mismo, que si Al Qaeda por aquí, que si Al Qaeda por allá… Maldita jerigonza que os permite descargar la responsabilidad de tantas sangrientas tragedias: por aquí, pues por aquí; cogemos a aquel, pues a cogerlo… No puede uno imaginarse cantinela más primitiva para adormecer la conciencia de una sociedad que no hay nada que desee más que hundirse en el sueño”.

Tráiler del documental Letter to Anna (disponible íntegro en ruso en Novaya Gazeta)

 

 

 

Biografía en Wikipedia

Libros de Politkovskaya en español

Listado de periodistas asesinados en Rusia desde 2000

 


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3 comentarios

  1. Descorazonadora lectura de la sociedad rusa y por ende, de la encrucijada por la que atraviesa hoy el devenir humano.

    Ganas entran de abandonarlo todo, marchar a un pueblecito de Huesca semi-abandonado y confundirse con el paisaje.

    ¡¡Lástima de Anna!!

  2. gracias!

    hay link!

  3. Mil gracias por éste artículo, Pablo. VIendo la valentía de Anna a mí más bien me entran ganas de escribir más.

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