La mirada desde Varsovia- Por Julia Zimmermann

Los delirios polacos de grandeza

 

Hace unos días, uno de los mayores diarios polacos publicaba los resultados de una encuesta que afirmaban que Polonia es el país más poderoso de los nuevos miembros de la Unión Europea y el séptimo entre todos los miembros de la Unión. Como los últimos días en política han proporcionado muchísimos otros temas interesantes en Polonia (básicamente, noticias sobre el impago de las pensiones alimenticias a los hijos), la noticia no ha sido muy comentada. Sin embargo, puede haber otras razones.

En primer lugar, la fuente puede resultar dudosa. La encuesta fue pasada a 50 políticos en Bruselas y Varsovia por una empresa de relaciones públicas. No hay que ser un psicólogo experto para sospechar que los políticos polacos pueden tener una visión distinta de su propia importancia a la del resto de Europa. Otro problema es quiénes eran los políticos preguntados en Bruselas y el hecho de que, en tercer lugar, la perspectiva de los que trabajan en Bruselas, difiere a la de los funcionarios de otros países miembros.

Pero lo más interesante es, probablemente, la reacción de los lectores a los resultados. O más bien, la falta de reacción. Normalmente, la nación polaca está llena de complejos, y se siente constantemente subestimada, olvidada e ignorada. Desde luego, todo esto tiene su origen claramente en la historia polaca. Sin embargo, hay algunos aspectos en los que la nación polaca se siente bastante fuerte, sin importar los hechos.

Por ejemplo, la tradicional posición de “vínculo entre el Este y el Oeste”. Polonia se ve a sí misma como puente ente la civilizada, aunque acartonada, Europa Occidental (Alemania, Reino Unido y Francia, sobre todo) y la salvaje, aunque mucho más vital Europa del Este (queriendo decir Rusia). ¡Ah!, bueno, de vez en cuando, alguien trata de explicar que el Este y el Oeste ya pueden comunicarse sin nosotros, pero esa posibilidad es rápidamente descartada alegando que sólo los polacos tienen características de ambos lados, que, por tanto, les permiten entenderlos.Todas esas explicaciones olvidan el hecho crucial de que nuestros vecinos, tanto al Este como al Oeste también se perciben a sí mismos como “vínculos entre Oriente y Occidente”. Pero esta forma de entender el papel del país en Europa es exactamente la razón por la que ignoramos los resultados de la encuesta: no nos cuenta nada nuevo, sólo es apoyo científico a lo que ya sabemos.

Decir que Polonia es el miembro más poderoso de los nuevos países de la Unión es, para la mayoría de los polacos, como afirmar que el cielo es azul. Desde luego que, además de ser el país más grande, con una economía muy fuerte, no hay que olvidar nuestro papel en la derrota del Comunismo. Este tipo de aguijonazos para el orgullo nacional, como el hecho de que Eslovaquia, merced de la política de Vladimír Mečiar estuviera a la cola de los países del Centro y el Este europeos y hoy no sólo es miembro de la UE y la OTAN, sino que va a introducir el Euro el año que viene, mientras que en Polonia no hay una fecha clara para ello, son simplemente ignorados y explicados por el peso e la economía polaca; no olvidemos que son 40 millones de habitantes comparados con 5,5 millones…

La cuestión sobre la posición en el ránking europeo del poder es más delicada. Por un lado, Polonia es el sexto país de Europa en términos de población y tiene una economía dinámica y en crecimiento. Por otra parte, los 50 años de pertenencia al bloque soviético (lo que tuvo grandes consecuencias socio-económicas, como rechazar las ayudas del Plan Marshall para desarrollar un sistema económico altamente ineficaz) tienen mucho peso y nos sitúan bastante lejos de los países de la vieja Europa.

En cuanto a la política comunitaria, las posiciones polacas suelen carecer de cohesión, se fundan demasiado a menudo en el resentimiento y mucho más en los intereses de grupos marginales pero capaces de hacerse oír (bueno, esto último quizá nos acerca más a la normalidad). Este hecho se vio confirmado por los datos de la encuesta que daban a Polonia una reputación de país problemático y alborotador. A la luz de las más antiguas  tradiciones polacas en las que el disentimiento y el bandolerismo son vistos como un símbolo de libertad, esto resulta del agrado de al menos algunos políticos y parte de la sociedad polaca.

De este modo, podemos dormir tranquilos y seguros de nuestra visión del mundo, ignorando el hecho de que puede haber otros ¡Ah!, y por cierto: no somos el Este, sino el Centro de Europa.

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3 comentarios

  1. En general estoy de acuerdo en que este tipo de encuestas sirven para levantarse los ánimos, si bien en varios puntos difiero de su punto de vista.

    Después de doce años es este país no veo en absoluto exagerada la afirmación de que es puente entre Este y Oeste. Esto puede parecer algo abstracto, pero no es difícil encontrar ejemplos prácticos. Un polaco (o un ciudadano del antiguo bloque comunista) no se va a extrañar de nada o casi nada de lo que vea viajando por la antigua URSS, mientras que cualquier otro ciudadano de la UE irá de sorpresa en sorpresa. Eso lo vi hace unos meses en un encuentro empresarial hispano-ucraniano, y no era sólo cuestión de idioma, que también, sino de comprender al “otro”.

    Hay otros países “puente”, cierto, pero no se debe obviar que Polonia (multicultural, pluriirreligiosa, plurinacional y con vocación tolerante) lo ha sido durante siglos, y no hay por qué dejar de estar orgulloso de ello sin que eso signifique chovinismo. Hechos: si no es por Polonia la UE poco o nada habría hecho la UE en Ucrania con la Revolución Naranja, y más o menos lo mismo se puede decir de Georgia.

    No me parece tampoco que el “bandolerismo” y el “disentimiento” sean vistos con agrado. ¡Si el primer ministro Tusk gobierna casi exclusivamente porque los polacos estaban cansados de conflictos internos! Sólo por la diferencia en el lenguaje. Poco más ha cambiado en Polonia desde la salida de los Jarosław Kaczyński.

    Saludos.

  2. Estimado náufrago,

    Tanto Higinio como yo somos españoles, hijos de esa otra “cultura de frontera”, pero con una lengua con vocación universal, que siempre ha querido hacer de puente no sólo con Latinoamérica, sino también con África y la Cultura Árabe en general.

    En este sentido, “La Alianza de Civilizaciones” que tan efusivamente promueve el actual Gobierno de Zapatero es, desde mi punto de vista, un plagio más mediático que eficaz de anteriores proyectos de “puente”, que han querido edificar nuestras Españas antepasadas.

    Cabe citar aquí, asimismo, el cacareado “Wschodnie Partnerstwo”, Made in Sikorsky, que la autora voluntariamente ha omitido, pero que sin duda conoce mejor que yo.

    Desde Rusia siempre intentaron indoctrinarme que los paralelismos de las “culturas de frontera” sólo se daban entre España y Rusia, y que los únicos que entendían a D. Quixote eran los moscovitas. Sin embargo, a medida que he ido empapándome más de la Historia y Cultura de los pueblos eslavos, he llegado a la conclusión de que Polonia es Europa; y Rusia es “Rusia”.

    Polonia hunde sus raíces en la Europa-Central, mientras que Rusia -aunque suene a perogrullo de “seño” de preescolar-, “está en Rusia”.

    Para los “humanistas” del Renacimiento, Europa terminaba por el Este allí donde se había implantado el latín como lengua oficial de la Administración, de las Artes y, por supuesto, de la Liturgia Católica (“antemuralis christianitatis”); y todo ello gracias a la Confederación Lituano-Polaca. (nota: Algún día me animaré a escribir sobre lituanos y polacos, pero también sobre ucranianos y bielorrusos y la cuestión de las identidades y el consabido “quién soy, a dónde voy, de dónde vengo…”).

    Mientras que el Gran Ducado de Moscú seguía más preocupado por su tormentosa “Alianza de Civilizaciones” con los mongoles, desde 1364 en la Universidad Jaguelónica de Cracovia ya se enseñaban las nueve “disciplinas” clásicas: Gramática, Retórica, Dialéctica, Aritmética, Música, Geometría y Astronomía.

    En mi listado de paralelismos entre Polonia y España, el único que sale mal parado es el idioma polaco, sus dialectos y su Literatura (sic!), pues no tienen parangón con el español en lo que a difusión se refiere. De esto sí que deberían sentirse “mega acomplejados” los polacos. Por citar algunos ejemplos atrevidos y rabiosamente provocadores: los versos de Pani Szymborska no son como los de Juan Ramón Jiménez, y eso que los dos recibieron el Nobel. Lo mismo ocurre incluso en el fútbol, porque los títulos del Legia Warszawa no son los del Real Madrid y la “Furia” española poco tiene que ver con el “Polska Gola” 😉 ¡Y que Dios bendiga a México y Argentina! A México, entre otras razones, porque nos dio a Mario Moreno (Cantinflas), en vez de a Ryszard Ochódzki (Miś); y a Argentina, porque nos legará a Quino en vez de a Mrożek, y volviendo al dios Balón, tienen a Maradona de seleccionador en vez de a Leo Beenhakker.

    Personalmente, y por lo que vengo presenciando en la Rzeczpospolita Polska desde aquel lejano 1991 (¡pero si parece que fue ayer!), el polaco “acomplejado” está dando paso al polaco “libre”, cuya fuerza radica precisamente en conocerse a sí mismo, con sus virtudes y a pesar de sus defectos. (Teraz Polska!). En este punto, coincido con Higinio en que “en el fondo, no en las formas”, Tusk y los Kaczyński brothers son lo mismo; es más, soy de los que sueña con que algún día estos dos partidos se fundan en uno sólo, (el PiSPO o el “PP” polaco, de: “Prawo i Platforma”). Y no me llamen iluso, porque matrimonios más complicados se han visto en las junglas parlamentarias.

    Volviendo a Rusia, la europeización les llegó de la mano de Pedro I “el Grande”, con el francés como lengua culta para más tarde producirse el Big Bang de Pushkin, pero este crisol de ADNs no aparecerá en escena hasta el S. XIX (sic!), lo que en Europa ya se empezaba a denominar Romanticismo. Antes Rusia no había conocido el Gótico, ni el Renacimiento, ni batallado al Turco en Lepanto o en Viena, ni la Reforma, ni la Contrarreforma, ni el Barroco… España y Polonia, ¡sí!

    Mirando el mapa europeo de esta primera década del siglo XXI, volvemos a encontrarnos la misma fila de tumbonas que en la cubierta del Titanic de principios del siglo XX. Los más extremos ocupados por unos señores bien gordos y pudientes, uno pide cerveza y lee solemnemente “Die Zeit”, y el otro sólo bebe vodka, mientras te sermonea sin parar sobre la inescrutable “alma rusa”; y en medio, los asientos ocupados por unas apretujadas y semi asfixiadas Polonia, Ucrania, Bielorrusia, Lituania, Letonia y Estonia.

    Si “Polonia-puente” no quiere acabar por enésima vez como el reconstruido de Mostar, se recomienda vivamente edificar una barbacana en común con las Repúblicas Bálticas y Ucrania, a saber: una Confederación Lituano-Polaca 2.0, a la que cabría invitar al resto de componentes del Grupo Visegrád y sin dejar de contar jamás con esa melé que conforman EE.UU., Reino Unido y Canadá.

    Si yo fuera polaco, no me fiaría mucho de italianos, franceses y españoles, ni mucho menos de los alemanes, los cuales sin una Kriegsmarine e Infantería de Marina que asusten tanto como las de antaño, sin embargo siguen tozudamente empeñados en transportar el gas por mar desde todas las Rusias…

    Pd.- Después de este comentario al comentario de Higinio quizá me anime a empezar un blog propio. ¿Será contagioso?

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